El tiempo, tirano, malvado, hace su agosto en cualquier mes de cualquier año, a medida que va pasando. Los viejos dolores del cuerpo se suman a los nuevos y algunos recuerdos se van volviendo confusos, incluyendo no poder saber bien cómo se llamaba esa calle o avenida que hemos transitado tantas veces, o el nombre de esa actor o actriz, o simplemente cómo se llama el hijo de tu amigo. Pasa, entiendo, que el cerebro, aunque lo ejercites metiéndole cosas, debe tener un tope de espacio, algo así como los Gigas que te dan (o pagás estoicamente) en la nube y no hay un mensaje claro de que no hay más lugar y que pareciera que no es posible contratar una ampliación. Claro, ¿a quién se lo vas a pedir? Ya es un poco tarde para lágrimas.
Sin embargo, algunos recuerdos permanecen firmes ahí, claros, firmes, como pegados a la corteza cerebral y aferrados con uñas y dientes, si tuvieran. Inolvidable la primera vez que comí fideos gratinados en el jardín de infantes, un mazacote de fideos con salsa blanca que desde ese día ha dejado de ser mi favorito. O las salchichas con puré, por siempre fuera de mi menú anual.
Cuando le quité las ruedas auxiliares de la bicicleta de mi hijo Juan, no sabía que cada uno de esos instantes y la conversación posterior iban a quedar grabados instante por instante en mi memoria. O el día de los dos tries en el in-goal de Los Japoneses.
Marcos Rayun Oviedo era un chico que entrenaba con la 7ma división, en las épocas en que los equipos de rugby sólo tenían dos entrenadores, uno de forwards y otros de tres cuartos. Luego vinieron los managers, los del “staff” y hoy los equipos tienen un batallón de gente detrás (enhorabuena) pero en aquellos años apenas podías tener uno, y, como en este caso junto a la fidelidad de un amigo, éramos dos.
Los clubes, casi todos, tenían sus canchas auxiliares, donde jugaban las divisiones menores, muy descuidadas, es decir, que se jugaba en la cancha donde entrenaban todos. O, si había más, mandaban a los pibes “a la cancha del fondo” y jugar en una cancha con pasto era algo así como un privilegio exquisito.
Aquel día jugábamos en un club nuevo, con instalaciones precarias. No le hace daño a nadie, porque me ha tocado cambiarme en mil tipos diferentes de vestuarios y muchos clubes te ofrecen lo que tienen. Y a veces es muy justo. Pero resulta que llovía a mares, hacía un frío casi mortal y el vestuario era un contenedor con dos duchas. Nada es tan importante como jugar rugby cuando vas precisamente a jugar rugby. El Viejo Juego, además, pone a prueba muchas cosas que pasan por dentro y, cómo digo siempre, qué hacemos con eso y cuánto nos podría servir para la vida misma.
El Rayo era medio nuevo. Flaco, alto, pero no muy rápido. Ese día la cancha era un barrial, la lluvia casi impedía ver los postes y el frío que masticaba los huesos. Y el Rayo estaba ahí, parado de wing, bien cerca de mí.
-Tengo frío- me dijo, casi tiritando, con el partido empezado. Le dije que corriera, que participara en cualquier lugar de la cancha, que fuera detrás de la pelota. Pero su cerebro mandaba fuerte y ordenaba que no se moviera. -Andá, movete- le pedí varias veces. -Tengo frío- me respondía sin moverse. Acá es donde empieza el tema moral: hasta donde es aprendizaje (del juego y de sí mismo) y dónde empieza el sufrimiento. Entonces se vino la decisión inevitable, junto con la silenciada idea de que el rugby no era para él, y acepté que fuera a bañarse con agua caliente (que por suerte había) y que se abrigara.
Jugamos con catorce, lo cual tampoco tiene gran importancia, como no tiene importancia el resultado cuando estás formando adultos. Pero, aunque no hubo reproches ni exposiciones innecesarias, el grupo entendió que el Rayo no duraría mucho entre nosotros y él también entendió que de haber podido debería haberse quedado, pero donde manda cerebro no manda el corazón.
Se bañó el equipo con lo último que quedaba de agua caliente, ya digamos tibia, y nos dispusimos todos a compartir el Tercer Tiempo. El Rayo estaba sentado en la misma mesa, último de la fila. Intenté, les juro, que se integrara un poco más, pero no fue posible. Ahí me di cuenta que todo había terminado. Vino a algún entrenamiento más, pero no pasó de ahí. El Viejo Juego, como siempre, había dado su veredicto, y cuando lo hace, primero se lo hace saber al jugador.
Todos los deportes requieren de un esfuerzo importante, sobre todo el rugby. La batalla que ofrece el cuerpo, comandada por la mente, es extrema, y tenés que estar dispuesto a darlo todo, o un poco más.
El rugby requiere de muchas cosas que salen desde adentro, para mantenerse en pie. Y, muchas veces, no todos pueden ofrecerlas, incluso, siendo grandes jugadores. Y, sobre todo, hay que aprender a vivir con lo que tenemos, con lo que logramos, con lo que conseguimos y con lo que nos ha faltado. Y con todo eso, lograremos lo mejor. Incluso en el rugby.
Marcelo Mariosa
