A medida que pasan los años y siendo que hubo decenas de cambios en el Viejo Juego, seguimos tratando de que nada cambie. Pero, inexorablemente, todo cambia a una velocidad que es, generalmente, impredecible. Revisaba mi placard tratando de encontrar espacio para ropa que “ahora me queda” y dejando afuera aquella que lamentablemente mi condenada nueva cintura se empeña en no dejar subir o bajar. Y ahí estaban ellas.
Celosamente escondidas a mi vista, ahí estaban las coquetas cajas de cartón con manijas que esconden mis más oscuros y amados secretos juveniles, mi pequeña colección de camisetas que he usado. No, no piensen que se trata de recuerdos en buen estado. Lo que hay allí son telas de colores que se han fundido por los lavados y esconden costuras nacidas de mis manos, tesoros que me empeño en guardar y que jamás volveré a usar porque no habrá una ocasión que lo amerite. Sin embargo, aunque mi mente lo comprenda cabalmente, mi corazón impide que comprenda esa realidad y, por ahora, las camisetas seguirán ahí, ocupando un lugar en el guardarropa, aunque jamás vuelva a usarlas.
La apertura de las cajas me produce una leve nostalgia de los años vividos y pasados, pero al mal trago paso rápido (dicen en España) y cierro nomás las cajas, creo que lo hago para que no duela, pero no puedo evitar que mi mente siga trabajando y viajando a través del tiempo, con la pretensión de que El Vengador del Futuro no incinere los recuerdos. Y ahí están todas las memorias que, pegadas a mi corteza cerebral (es que, aunque creo que no es posible determinar dónde están, yo las imagino bien en el borde, lejos de mi vida mental diaria) y aparece la cara y la mano de Edu dándome la bienvenida al Club, la camiseta con la número 6 que me dio Cachi y que quedó tan rota que la llevé para casa, el paquete que me trajo Cachito para el debut, que eran medias y camiseta que me quedaban cortas, cosa que siempre había odiado y sigo haciéndolo. Los tries en Los Japoneses, la operación del oído y la burla de Néstor por eso, las palabras del Negro B. después de un buen partido. Eso y más cosas encienden las luces de mis recuerdos. Aún me castigo por la timidez que pocos comprenden que me gobierna a veces, mi llegada siempre último a los terceros tiempos tratando de apagar las llamas internas, las veces que no he tomado agua en el entretiempo como castigo por no haber resuelto bien alguna cosa.
Yo soy de la época donde el try fue cambiando de 4 a 5 puntos, donde no había cambios (luego sí) y donde el amateurismo era lo único que valía. Soy también producto de mi familia, de mi colegio y del Mosca, que marcó muchas de las cosas que tienen que ver con la caballerosidad y el don de gentes en línea con el rugby, un juego rudo. Ahí está también el agradecimiento a los adversarios por venir a jugar, y al referee por permitirnos hacerlo.
Nunca me puse una camiseta de Los Pumas porque soy un tonto, claro, creyendo que sólo debían usarla los que se la habían ganado. Ahí duerme en el guardarropa algún regalo especial de una usada en la cancha, en un partido en serio, de color azul oscuro, con el yaguareté (hoy puma) alienado en el pecho, mirando para el lado erróneo (la axila). Esa camiseta duerme junto con las viejas camisetas que alguna vez he usado de verdad, en cancha o entrenamiento.
Hoy veo que muchos clubes emprenden giras a diferentes partes del mundo, fundamentalmente a Europa, y eso me llena de alegría. Quizá haya pocas cosas tan bellas como ir de gira con amigos y compañeros, ahondar relaciones, compartir todos los momentos, reír, jugar, ensamblarse. Y todo eso, si lo aprovechan, es para una vida mejor. Esos viajes dejarán recuerdos que se irán recordando en las cenas mensuales y también, cómo no, algunas prendas propias o cambiadas terminarán en algún guardarropa y verán la luz muy de tanto en tanto.
La apuesta del rugby viene de un lugar muy puntual, que era socializar a través de la competencia. Y somos muchos los que aportamos lo que podemos para que aquello que recibimos continue, o aquello que creemos debería ser, siga adelante. Ver a los chicos crecer dentro del Club, alineados con el deporte, con la familia (no todos, claro) e incluyendo a muchos que ya no juegan pero que siguen estando, porque en el rugby hay lugar para todos. Para los que juegan, los que ya no juegan, hasta los que no jugaron. Incluso para todos esos recuerdos que duermen, temporariamente, en una caja. En tu cabeza o en el guardarropa.
Marcelo Mariosa

Querido Negro, comparto totalmente tu concepto, las camisetas se usan para jugar porque son un símbolo que hay que merecer. Nunca compré una camiseta para usar fuera de una cancha como jugador.
Un abrazo