Desde que tengo uso de razón y sobre todo antes de eso, el rugby ha sido un juego de contacto físico cuya duración era (y es) de 80 minutos para los adultos y que requería (y requiere) que un caballero aparte de los contendientes se disponga a hacer cumplir las reglas del juego, esas que vienen cambiando sin prisa ni pausa a través de los años, a veces meses. Con el advenimiento del rugby profesional, los intereses originales del Viejo Juego comenzaron a verse opacados de alguna manera dado que esa parte del deporte se convierte al mismo tiempo en un negocio y en empleos. Y cuando hay dinero en el medio, la puja por ganar se hace más ardua.
Hace años, a través de mi amiga Carolina Oravseva, he conocido a Igor Oravsev, su padre, premiado y reconocido neurólogo e investigador del comportamiento humano, producto de la Universidad de Stalingrado que, ya en la Rusia emancipada de la URSS, eligió vivir y desarrollar su vida y su metier en Argentina. Como buen inmigrante, tiene su opinión sobre los reclamos sobre el racismo en Argentina (todavía oigo su risa fuerte y larga cuando conversamos de eso) e Igor es una pata importante de lo poco que yo puedo saber sobre un tema que me interesa, y mucho, que es las situaciones que atraviesa un equipo deportivo, en este caso de rugby, mientras ocurren las incidencias de un partido.
Dentro de esa órbita, hay que entender la existencia de diversas personalidades que confluyen en un equipo, tantas y tan disímiles que algunas veces ni siquiera llegan a ser lo que se espera, un equipo. Con Igor hemos conversado sobre cómo debería comportarse una acción de equipo, y cómo deberían conducir sus líderes, que pueden estar afuera o adentro del campo, para que el conjunto de jugadores elabore su mejor ingeniería deportiva y, en las probabilidades, puedan ganar el juego. Pero esto no es matemática pura.
Ya he mencionado que Santiago Gómez Cora con el equipo de siete ha hecho un trabajo resonante respecto a que rol cumple cada jugador para ser parte de un conjunto que haga sonar las mejores melodías. También Scaloni, en el fútbol, ha logrado bastante bien una compatibilidad de asistencia mutua y tolerancia que se requiere, con la concepción valiosa y válida del significado verdadero de un resultado, porque, como hablamos con el Dr. Oravsev, el azar suele “meter la pata” en mayor o menor medida.
Pero el rugby internacional está transitando una noche larga y oscura, y yo creo que la World Rugby es la gran responsable de que algunas cuantas cosas se hayan salido del cauce y no parece haber una reacción de su parte, como la que ellos mismo esperan de los jugadores o público ante algunos cambios que hacen perder la confianza de los seguidores del Viejo Juego a través del mundo.
¿Cómo debe crecer el rugby? La WR propone una solución para su crecimiento que se parece a llegar a la casa de alguien a cenar y querer imponer una parte del menú que a ella le parece adecuado. Pero no funciona así. La forma es establecer métodos razonables a la velocidad que el anfitrión (o países) pueda sumarse, sin favorecer a nadie en especial. Entre reglas injustas y herramientas erróneas, la posibilidad de que extranjeros puedan jugar para otros países suena, al menos, un error de base, pero digamos que si las naciones “home” no podrían estar entre los top10 del ranking porque sus jugadores oriundos no tienen nivel y necesitan de ayuda externa, las reglas al respecto deberían ser más claras. Pero eso es sólo la punta de un iceberg mucho más complejo. No olvidemos que esas naciones son el verdadero motor del negocio del rugby profesional.
Desde tiempo inmemoriales, los referees de rugby han pasado de ser seres absolutamente indiscutibles que dirigían de saco y corbata hasta lo que es hoy, donde la crítica se encuentra a flor de piel. Pero entonces hay que decir que hubo demasiados cambios, ya sea en las leyes, en la sociedad y en la tecnología, que ponen sobre la mesa errores arbitrales y de concepto que le dan una gravedad a la representación de los árbitros en los momentos en los que deben administrar justicia (o reglas).
Para una mejor comprensión, me decía el Dr. Oravsev, debemos separar el rugby amateur o de clubes, de lo que es el rugby profesional. En la mayoría de los partidos de rugby de Argentina, no hay TMO ni lo va a haber. Filmar un partido para que un TMO participe, si hubiera un referee autorizado (y pago) para cooperar con el árbitro, requeriría una cantidad de tecnología que no va a estar disponible jamás en el 98% de los juegos de clubes amateurs. En cada uno de nuestros clubes hemos aprendido y repetido hasta el hartazgo, que el referee siempre tiene razón, incluso cuando no la tenga. Y si vamos a decir algo, como reclamo, se dice en voz baja o sostenido desde la oscuridad de una pequeña multitud, víctimas de la explosión de nuestro corazón apasionado. Luego invitamos a los árbitros al tercer tiempo, y departimos con ellos con la máxima amabilidad y agradecimiento.
Pero cuando hablamos de equipos profesionales, donde hay dinero para referees adicionales, y cámaras conectadas para repetir una jugada en vivo, los referees y el TMO quedan demasiado expuestos sobre los errores y horrores que un árbitro o sus colaboradores pudieran cometer. Y acá es cuando empieza otra cuestión, y es la posibilidad de criticar a un árbitro, sin palabras demasiado hirientes, remarcando errores que simplemente se pueden ver en la transmisión visual sin ser punibles como recientemente le ha pasado al coach italiano Quesada.
Lo que no llego a entender es que, si aceptamos que el árbitro puede fallar, no sea posible poder remarcarlo, sin decir que es corrupto o que lo hizo a propósito. Se me vienen a la mente muchas jugadas y, por una razón lógica, me referiré solamente a Los Pumas, que en Australia no cobraron un ostensible pase hacia adelante en un try de los locales, el tackle tardío a Mallía en Twickenham que originó que en los últimos minutos Argentina jugara con 14 jugadores porque no había más cambios y el try penal que le hicieran a Delguy recientemente.
Vamos a dejar de lado lo que algunos pueden interpretar como deslealtad del referee respecto del color de una y otra camiseta. Digamos que ante jugadas “difíciles”, los jueces sienten la presión o no están debidamente preparados para enfrentarlas. O quizá se sientan condicionados. Pero todo esto no es lo peor, al menos desde mi punto de vista.
Lo peor es escuchar a uno de los mejores referees de la historia del rugby (Nigel Owens) reclamar airadamente por sanciones ejemplificadoras para Los Pumas, su público, algunos jugadores y eventualmente para el vendedor de gaseosas que estaba ese día en el estadio, cosa que, de frente a las acciones ocurridas podrían caber sin lugar a dudas, olvidándose de que el jugador argentino que no llegó a apoyar el try (Delguy, que apoyó la pelota sobre la línea de touch-in goal) no pudo depositar la pelota en el lugar correcto debido a dos (2) tackles altos (Caluori y Slade), acciones que podrían haber lesionado al back argentino, algo que la propia WR fuertemente combate el tackle por encima del esternón. El bueno de Owens se limitó a reclamar una sanción por la queja airada, y que la pelota fue apoyada fuera de la cancha. ¿Y lo otro? ¿No es parte del juego moderno?
Incomprensible también que es el reconocimiento de la WR a la UAR sobre los errores arbitrales de ese (y otros) partido sean a través de un correo electrónico y nada más (no sea cosa que la opinión pública vea un doblez de la entidad madre) y el referee del caso (Angus Gartner) siga refereando a pesar de haber sido parte de un grosero error, lo mismo que su colaborador en el TMO.
Los tiempos han cambiado. La sociedad ha cambiado. La tecnología ha cambiado. Las cosas no son como eran. Y ahora, lo que ve el TMO, lo ven decenas de miles o a veces millones a través de pantallas QLED de 75”, a lo largo y a lo ancho del país y del mundo. Y la mayoría de esas personas saben de rugby. Se han golpeado, se han lastimado, han tackleado, han perdido y han ganado. Pero por sobre todas las cosas, han compartido un tercer tiempo, donde hay risas, incluso si el referee se hubiera equivocado. Pero ahora, cuando todos vemos lo que ven los árbitros, que obviamente se pueden equivocar por diferentes razones, es difícil aceptar y entender algunos fallos, que sólo mueven la vara para el lado de la injusticia. Y por eso, el rugby tiene una herida que, sumando otras heridas, hace que estemos caminando en la noche del juego, y donde no hay muchas luces. Una noche a la que las repeticiones del video vistas por el árbitro, sus colaboradores y el TMO no le pueden poner luz.
Ah, sí, me olvidaba. No digas nada de los árbitros porque te pueden suspender. Y la verdad es que ellos solitos deberían suspenderse, porque, sin querer elaborar teorías conspirativas, su negligencia sólo logra desprestigiar un juego que en su faceta amateur y sin tecnología era una cosa, pero ahora, en el ámbito profesional del más alto nivel, es otra. Y de injusticias, estamos llenos.
Marcelo Mariosa

Bastante de acuerdo, creo que Gartner es uno de los mejores árbitros, pero me parece que al igual que sucede en el Football, ya los referees dejaron de ser las «autoridades máximas» del partido/ juego por lo tanto, la seguridad con la que se manejan hoy, NO ES TAL. Abrazo Marcelo
Impecable querido tocayo
De acuerdo en general. He jugado 12 años en 1a. (Centro)! En la epoca que podias terminar con 12 o 13 jugadores por las lesiones. En las reglas cambiaron varias cosas que, a mi juicio, desvirtuan principios. Tanto el scrum como el line perdieron realidad de disputa. Como regla general hoy en esas dos formaciones el que arroja gana. La consecuencia directa es que el equipo que No arroja forme en extrema defensa achicando espacios de maniobras que han sido reemplazadas por el choque. Hoy un centro de menos de 100 kg es una excepción. Para eso se podria reemplazar el scrum por un free kick. Lo mismo pasa con el line. Resultado : un pack de forwards de 950 kg por lo menos. Es obvio que así hay que extremar reglas que prevengan lesiones , el choque ,el roce, el tackle de semejantes mastodontes es brutal. Yo empezaria por volver a cobrar feet up o torcida en el scrum y que en el line cada uno salte hasta donde pueda. Y ahí si se disputa la posesion. Gracias tengo mucho mas para opinar.
Excelente editorial Marcelo!!
Totalmente de acuerdo!!
La jugada de Bautista Delguy la vieron, la vimos 14 veces repetida por TMO, árbitro, asistentes y el mundo por la Tele, y no vieron ninguno los 2 tackles altos uno atrás del otro. INCONCEBIBLE, que además no haya derecho a quejarse ante tan grosero «error»
Excelente nota, pero lo quemás me preocupa es que el TMO «convnza al referee de que cambie su fallo. Un horror.